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AMÊ. Larga vida al 'gastrobeach’

AMÊ. Larga vida al 'gastrobeach’

AMÊ Gastrobeach Club © ffmag

El concepto gastrobeach no aparece en la RAE, pero la academia debería ir tomando nota. Donde antes habitaba la nostalgia de un local cerrado a cal y canto, hoy se levanta una tarima flotante que desafía el calendario a golpe de nigiri, eventos y música en directo. El este de la isla llevaba tiempo pidiendo a gritos este renacimiento gastronómico frente al mar.


 

El Grupo Marport llevaba tiempo tramando la evolución natural del chiringuito. Comer francamente bien a escasos metros de la arena sin perder sofisticación podía parecer una quimera en ciertas zonas de la costa. Hasta que AMÊ Gastrobeach Club plantó su bandera en la primera línea de Cala Millor.

El nombre tiene truco. Aunque fonéticamente despierte ecos de romance parisino, es pura geografía mallorquina. AMÊ rinde tributo a la Punta de n’Amer, un enclave que simboliza el equilibrio exacto entre historia, naturaleza y Mediterráneo. Esa esencia inspira toda su identidad: la unión entre tradición y modernidad, un pulso constante entre tierra y mar para crear experiencias memorables. Desde sus exclusivas hamacas de bambú hasta su terraza diseñada para flotar visualmente sobre el agua, el entorno te atrapa, pero sin eclipsar lo que ocurre en el plato.

Arroz a la llauna de marisco. AMÊ Gastrobeach Club

En los fogones, el chef ejecutivo Fidel A. Gutiérrez trabaja con una despensa innegablemente mediterránea, pero la actitud mira a Asia. Su espacio conceptual Assura dispara ráfagas de técnica oriental y corriente Nikkei. El teppanyaki de ventresca de atún Balfegó funciona como la prueba del algodón: una pieza impecable que marca el nivel de autoexigencia del local. Aquí el sushi no es un mero adorno en la carta; es el jefe de la banda. Las tablas monumentales en formato omakase reivindican que el virtuosismo técnico puede servirse en chanclas y frente al mar. Para los más puristas de los domingos: los arroces a la llauna defienden con orgullo la trinchera local.

Terraza AMÊ Gastrobeach Club

 

365 días para disfrutar frente al mar

Lo verdaderamente insólito de esta apertura es su insumisión a la temporada turística. Mientras gran parte de la isla echa la persiana metálica en noviembre, AMÊ opera los doce meses. En la temporada más fría, se convierte en el refugio perfecto para los locales de Manacor o Porto Cristo, con retiros de yoga, catas de vino y conciertos semanales. Al llegar el calor, el club sube los decibelios y despliega todo su magnetismo.

A este músculo culinario se suma un departamento de eventos con cintura suficiente para montar desde cenas corporativas hasta prebodas con menús de estilo finger food de alta costura. Todo ello, respaldado por un modelo de eficiencia energética real, no de cara a la galería.

Un paisaje de postal sirve de muy poco si lo que tienes en la mesa no aguanta la mirada. En AMÊ Gastrobeach Club, la comida le mantiene el pulso al Mediterráneo. Y le gana.
Playa frente a AMÊ Gastrobeach Club

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