Lucas, Nicolás y Michael
En los años 60, una Mallorca todavía salvaje y ajena al turismo de masas veía nacer un concepto inaudito de la mano de una mujer extranjera. Hoy, más de medio siglo después, la tercera generación de la familia Cumberlege ha transformado aquel mítico escondite de aristócratas y actores de Hollywood en un hotel boutique de cuatro estrellas con un restaurante donde el producto local, el pescado y el humo de las brasas marcan el nuevo compás culinario del noreste de la isla.
El alma de The Sea Club se forjó a base de instinto y de pura necesidad. Cuando en 1957 Claude y Nora Cumberlege abandonaron el bullicio de la Costa Azul francesa buscando refugio, sus pasos los llevaron hasta el rincón más oriental de Mallorca. Allí, en una Cala Ratjada de pescadores, acantilados y aguas cristalinas, se enamoraron de una espectacular villa de estilo colonial en primera línea de mar a la que los locales habían bautizado como "Cas Millonari". Tras enviudar en 1963 y sin derecho a la pensión militar de su marido, Nora hizo algo impensable para la época: emprendió. Abrió la primera guest house de la zona, atrayendo a una prole de jóvenes británicos rebeldes, aristócratas con ganas de soltarse la melena y estrellas del cine de la talla de Michael Caine o Sean Connery.

Es el apabullante legado que, décadas después y tras pasar por las manos de su padre Luis, ha recaído sobre Lucas y Nicolás Cumberlege. Lo que hasta hace poco era un romántico “bed and breakfast” anclado en la nostalgia, es hoy un concepto de hospitalidad rotundo y cosmopolita. Lucas, un abogado que colgó la toga para remangarse en el negocio familiar, ha sido el principal responsable de una transformación radical que comenzó en plena pandemia y culminó en 2023. Su visión estaba clara: Cala Ratjada necesitaba un destino gastronómico y experiencial de altura más allá de las pizzas, las hamburguesas y los escalopes.
Si algo define la madurez de un proyecto hostelero es su ambición en los fogones, y aquí es donde The Sea Club da un golpe sobre la mesa. Y es que en una zona dominada por una oferta turística estandarizada, Lucas decidió apostar por la diferenciación radical de la mano del chef Michael Bosca, un profesional forjado en el Delta del Ebro y curtido con reconocimientos de guías de gran prestigio.

"Nuestra vocación es trabajar muy bien el producto del mar. Me estaba costando encontrar sitios donde comer buen pescado en Mallorca, así que decidimos que ese sería nuestro camino", confiesa Lucas. La propuesta se rige por una filosofía innegociable de respeto máximo por el producto. Bajo este mantra, el equipo de cocina ha abrazado técnicas complejas, como la curación del pescado y la incorporación de hornos de Pira, que aportan esas notas ahumadas imprescindibles de la parrilla de vieja escuela. El servicio de sala, además, se suma al espectáculo limpiando y abriendo las piezas nobles a la vista del comensal, un guiño a la hostelería clásica que rinde tributo a las raíces del establecimiento.
Me estaba costando encontrar sitios donde comer buen pescado en Mallorca, así que decidimos que ese sería nuestro camino
Pero la obsesión por la excelencia marítima en The Sea Club va más allá de las escamas, las curaciones y el humo de las brasas. Para orquestar una propuesta que respira Mediterráneo por los cuatro costados, el menú despliega otra carta ganadora: los arroces. Aquí es donde el chef Michael Bosca saca a relucir su ADN tarraconense para firmar elaboraciones de fondos profundos, técnica impecable y ese punto exacto que exige la cocina de raíz. Es el contrapunto perfecto a su devoción por el pescado, convirtiendo este rincón de Cala Ratjada en un templo ineludible para los paladares más exigentes.
La cuadratura del círculo: hotel, bar y restaurante
El actual The Sea Club no se entiende sin su ecosistema. El modelo de negocio se sostiene sobre un triángulo perfecto en el que la coctelería de autor, las brasas del restaurante y las 17 habitaciones del hotel boutique (ahora elevado a la categoría de cuatro estrellas, con piscina climatizada y sauna) se retroalimentan. "El hotel nos permite mantener una estructura de personal y unos servicios que, de otro modo, serían insostenibles, y esto beneficia enormemente la experiencia en el bar y el restaurante”, explica Lucas.

Nicolás, desde la sombra técnica y la gestión digital, y Lucas, a cargo del diseño de la experiencia y del restaurante, conforman un tándem de polos opuestos. Aunque de perfiles radicalmente distintos, los dos hermanos funcionan como pilares indispensables el uno para el otro: una verdadera columna vertebral compartida. Juntos han logrado resucitar el espíritu aventurero y cosmopolita de su abuela Nora, pasándolo por el filtro de la alta exigencia contemporánea.
El futuro, según adelanta Lucas, pasa por consolidar esta operativa para, quizás, exportar el modelo a nuevos horizontes. Pero por ahora, The Sea Club se erige como un oasis rebelde en Cala Ratjada; un lugar donde la historia familiar se mastica a base de arroces impecables, pescados y cócteles que alargan la noche mediterránea hasta que el cuerpo aguante. Justo como le habría gustado a Sean Connery.






