Óscar Molina
Hay un punto de inflexión en la carrera de todo gran cocinero donde la técnica pasa a un segundo plano para ceder el protagonismo al sentimiento. En La Gaia, ese momento es ahora. Con la versión más afinada y renovada de su menú 'Horitzó', el restaurante del Ibiza Gran Hotel da un salto al vacío para servir la isla en su estado más puro. ¿El objetivo? Que el comensal se lleve un pedazo de memoria isleña incrustado en el paladar.
Tras más de una década de trayectoria que comenzó explorando el bullicio de las izakayas, las barras peruanas y los exóticos horizontes del mundo Nikkei, La Gaia ha completado su propio viaje de introspección para fundirse con su entorno. Su cocina es un diálogo íntimo con la isla. Como el propio chef subraya: "Ahora, más que nunca, hablamos de Ibiza, de su cultura, de sus fuentes y de sus tradiciones". No se trata solo de un viraje estético, sino de la consolidación de un discurso que bebe con orgullo de la tierra rojiza y del mar que abrazan a Ibiza Gran Hotel.

La expresión más radical de esta madurez se llama Horitzó. Óscar Molina ha cogido este menú y le ha sacado brillo hasta dejarlo en el hueso, convirtiéndolo en un lienzo de ensueño donde la creatividad de todo su equipo fluye sin ataduras. Mientras que la propuesta paralela, el menú Illa, ejerce de ancla confortable para quienes buscan la seguridad de la tradición y el suelo que pisan, Horitzó está milimétricamente pensado para los comensales que anhelan la experimentación total.
Ahora, más que nunca, hablamos de Ibiza, de su cultura, de sus fuentes y de sus tradiciones
Pero todo este engranaje no se sostiene con humo. El chef rehúye abiertamente de la etiqueta del "kilómetro cero" por considerarla una pose. "Yo no creo en eso", sentencia con firmeza, "creo en la comunidad, creo en la economía circular... en acciones que generan unas consecuencias de kilómetro cero, pero reales". El epicentro de esta filosofía de trabajo es el ya consolidado departamento de investigación y desarrollo de La Gaia. Allí, codo con codo con biólogos, instituciones y productores locales, el equipo disecciona la despensa pitiusa para otorgarle un valor inédito. El objetivo, en palabras de Molina, es "cambiar esta lectura que tenemos de Ibiza como un territorio único y exclusivamente de ocio" para "aportar un conocimiento que va a ir mucho más allá".

Toda esta audacia creativa se asienta sobre un equipo humano que atraviesa un estado de plenitud absoluta. Óscar Molina y su tripulación han decidido pisar el acelerador hacia lo que el propio chef define como "un año de muchas transformaciones, de renacimiento". La fiebre inconformista ha contagiado a todos los departamentos del Ibiza Gran Hotel, que cierran filas en torno a una misma filosofía de excelencia. "Me quedo con la involucración del equipo", confiesa un Molina visiblemente orgulloso de los suyos.
Esa solidez humana es la que hoy inunda La Gaia. Porque al final de cada servicio, el verdadero barómetro del éxito no lo marcan las estrellas o los soles, sino el cliente autóctono. Lograr que el residente venza el pudor histórico de cruzar las puertas de un hotel de lujo y, además, se convierta en un fiel repetidor, es el mayor triunfo de la carrera de Molina. "La gente tiene orgullo de lo que hemos hecho en La Gaia, se siente representada", confiesa el cocinero. Cuando ese comensal ibicenco toma asiento y prueba el ya icónico homenaje a Santa Inés (un postre vertebrado únicamente por algarroba, almendra y hierbabuena), ocurre una sacudida emocional. La memoria gustativa se dispara y la respuesta es unánime: "Es mi casa". Y de eso va todo esto: de cocinar para tocar el alma.






