Palma de Mallorca vuelve a latir al ritmo de la elegancia y el buen vivir. Y en el corazón de ese renacimiento, el Hotel Victoria Gran Meliá escribe un nuevo capítulo de su historia con una propuesta gastronómica que es puro hedonismo mediterráneo.
En pleno corazón del Paseo Marítimo, el Hotel Victoria Gran Meliá no solo vuelve: deslumbra. Reaparece con fuerza, sin nostalgia, como quien sabe que el estilo nunca pasa de moda. Aquí, la dolce vita se sirve al ritmo pausado de una sobremesa con vistas. Su propuesta gastronómica, pensada para el disfrute sin prisa, combina el sabor del producto local con una estética que rinde homenaje al glamour de los grandes cafés europeos. Una experiencia que invita a quedarse, a mirar, a brindar.
Al frente de esta experiencia está el chef Leonel Lovrincevich, argentino afincado en Mallorca desde hace dos décadas y con más de 16 años de trayectoria en el grupo Meliá, junto a su sous chef, Rubén Acedo Pérez, pieza también clave en el diseño y ejecución de la carta. “Queríamos representar lo que llamamos la dolce vita mallorquina, un concepto que mezcla lo clásico, lo elegante, lo que perdura en el tiempo, con el producto local y el disfrute de los pequeños placeres”, explica Lovrincevich.

Un Grand Café para cada momento del día
Inspirado en los grandes cafés de ciudades como Madrid o Barcelona, Victoria Grand Café despliega una carta all day dining abierta desde las 11 de la mañana hasta la noche. Se trata de un espacio pensado tanto para huéspedes como para los palmesanos, con una terraza que invita a quedarse, entre cafés de autor y platos con identidad.
La carta, que arranca con propuestas pensadas para el desayuno, como los huevos Benedict con foie y jamón ibérico, o el bikini trufado, evoluciona durante el día hacia platos más contundentes donde el producto local es protagonista. Pero más allá de etiquetas geográficas o culinarias, aquí lo que importa es el sabor y la experiencia. “Tenemos unas patatas bravas con sobrasada que, además de ser el aperitivo ideal, definen bastante bien nuestra cocina. Extraemos el aceite de la sobrasada y lo incorporamos en la salsa brava. Es Mallorca en una tapa”, comenta el chef con una sonrisa.

En su carta también brillan platos como las croquetas de carabineros, el carpaccio de lubina con trufa o el sofisticado ravioli de langosta con salsa de whisky. Pero si hay un plato que resume la visión de Lovrincevich es el turnedo Rossini: solomillo de ternera envuelto en panceta di Parma, sobre parmentier de patata, con salsa de oporto y foie a la plancha. Un clásico francés reinterpretado con mimo y carácter desde la mirada mediterránea. “Nos gusta jugar con lo antiguo, traerlo al presente. Hay mucha técnica, pero también mucho respeto por la tradición”, asegura el chef.
La carta de vinos no se queda atrás, con una cuidada selección internacional que incluye referencias de España, Portugal, Francia, Italia y Argentina. Y para los amantes del dulce, la jefa de pastelería, Sara Pellicer, pone el broche final a la experiencia con creaciones como la cheesecake de pistacho (que ya se ha convertido en el favorito de muchos) o la mousse de chocolate Valrhona 85%, que es pura intensidad.

Además, como parte del nuevo concepto de Gran Café que el grupo Meliá quiere exportar a sus otros establecimientos insignia (como Palacio de los Duques en Madrid), la carta del Victoria incluye platos signature compartidos entre hoteles, como la croqueta de jamón ibérico del Palacio, o las ya mencionadas patatas con sobrasada como icono mallorquín. Este enfoque colaborativo, que combina creatividad local y visión global, es otro guiño más a esa dolce vita que Lovrincevich y su equipo reinterpretan desde Mallorca.
El Hotel Victoria Gran Meliá encara esta temporada con la intención de ofrecer lujo sin pretensiones: cocina con alma y una atmósfera donde cada bocado es una celebración del buen vivir. “Queremos que la gente se sienta como en casa, pero con ese punto de elegancia y mimo que te hace recordar por qué saliste a cenar. Ese es el espíritu del Victoria Grand Café”, explica el chef. Y ese es, sin duda, el espíritu de una ciudad –Palma– que se mira en el espejo del pasado para saborear con orgullo su futuro.






