Marta Pellicer y Brenda Lisiotti
El paraíso existe. Escondido entre los pliegues de la Serra de Tramuntana, Son Bunyola lleva años construyendo una relación honesta con el producto local, y esta temporada esa apuesta llega más lejos que nunca. Con Sa Terrasa como epicentro de su propuesta gastronómica, el equipo que lideran Marta Pellicer y Brenda Lisiotti ha logrado algo que no ocurría desde hace un siglo: la finca vuelve a producir vino propio. Aceite recién prensado de sus olivos, miel de sus colmenas, vegetales que marcan el ritmo de la carta y el lujo de saborear Mallorca. Un homenaje al back to basics donde el mayor privilegio es lo que se cultiva, se respira y se bebe.
Mientras algunos restaurantes exigen casi un manual de instrucciones para sentarse a la mesa, Son Bunyola te invita a desabrocharte el primer botón de la camisa nada más cruzar la puerta. El proyecto gastronómico liderado por la F&B manager Marta Pellicer y la chef ejecutiva Brenda Lisiotti ha desterrado cualquier rastro de esnobismo para dejar que la tierra hable por sí sola. Bajo el mantra anglosajón back to basics (volver a lo básico), la propuesta de esta temporada se asienta para ofrecer una experiencia puramente mediterránea donde el entorno salvaje de la Tramuntana dicta las reglas del juego.

El hito que marca un antes y un después en la historia de esta espectacular propiedad se sirve en copa: Son Bunyola vuelve a tener vino propio. “Es el primer año, después de 100 años, que se ha vuelto a hacer vino”, confiesan con indisimulado orgullo. La antigua finca mallorquina que un día fue motor agrícola y ganadero recupera su latido con una producción propia de malvasía 100% de Banyalbufar. Una auténtica declaración de amor a la tierra convertida en el orgulloso vino de la casa.
Pero la naturaleza ha sido generosa por partida doble. Los 7.000 olivos vuelven a producir un excepcional aceite de oliva arbequina. A esta despensa se suma una cantidad importante de miel de sus propias colmenas (unos 100kg en 2025) algarrobas y almendras, consolidando a Son Bunyola no solo como un idílico hotel de 27 habitaciones, sino como una finca productiva y plenamente viva.
El huerto propio sigue creciendo y estructurándose (ahora dividido entre jardín de hierbas aromáticas y área de vegetales), pero Brenda Lisiotti es tajante y huye del romanticismo engañoso: “Mucha gente se piensa que por tener un huerto ya todo viene de ahí. Y nada más lejos de la realidad. En Son Bunyola usamos todo lo que nos da el huerto, pero no es suficiente”, explica.

Para remediarlo, la chef ha diseñado una estrategia basada puramente en las matemáticas. “El proyecto del huerto lo he hecho yo según los gastos. Si hemos gastado 5.000 euros en tomates y queremos producir el 10%, invertimos 500 euros para llegar a esa meta”, explica. Un trabajo de hormiguita que busca nutrir su propia carta de forma realista y sostenible.
Sin embargo, sostener una oferta cien por cien local en Mallorca es un auténtico deporte de riesgo en plena temporada. Asegurar productos icónicos como el cordero mallorquín supone chocar de frente con la logística de los pequeños productores. “Tengo que ir a buscar yo el cordero o pagar unos portes altísimos”, explica Lisiotti. Lo mismo ocurre con el pescado local o las verduras de temporada. Ante este escenario, la flexibilidad es el arma secreta de la casa. Si hoy no hay chipirón mallorquín, se cambia la propuesta; las falsas apariencias no tienen cabida en su cocina.
Sa Terrasa: “lo tradicional es el nuevo lujo”
Con esta filosofía de honestidad radical, el restaurante Sa Terrasa cobra este año un protagonismo absoluto en la oferta gastronómica de Son Bunyola. El espacio invita a mimetizarse con el entorno y a disfrutar de un servicio impecable que huye de formalidades. “Lo tradicional es el nuevo lujo. Es lo que el cliente más aprecia: las cosas simples”, apunta la chef. No necesitan ostentación cuando la vajilla (creada por la artesana local Paula Chacartegui inspirándose en las piedras de la isla) sostiene un producto de máxima calidad tratado con absoluto respeto.
Para redondear la jugada, Sa Terrasa potencia su carta de tapas y snacks disponible ininterrumpidamente durante todo el día, apostando por alianzas con las mejores materias primas. Y, por supuesto, no hace falta estar alojado para disfrutar del festín. “Estamos abiertos a todo el mundo. A veces la gente local tiene miedo de entrar en un hotel, pero pueden reservar y venir siempre que quieran”, recalcan.

Para que el comensal sepa exactamente qué territorio está saboreando, este año la carta incluye pequeños símbolos que identifican los productos originarios de la finca (atención especial a su próspero huerto de cítricos). Pero la experiencia trasciende el plato. Son Bunyola ha diseñado diferentes experiencias inmersivas para conectar al visitante con la isla: desde el taller Meet the Bees para recolectar miel junto a Martí Mascaró, el apicultor, hasta participar en jornadas de vendimia, disfrutar de catas de vinos mallorquines, aprender a elaborar paellas o a macerar hierbas tradicionales.
Lejos de la obsesión por las estrellas y otros galardones de la industria, el equipo de Son Bunyola tiene clarísima su métrica. Cuando se les pregunta cómo miden el éxito, la respuesta es tan rotunda como su propio concepto: “La satisfacción del cliente. Ni premios ni nada. Que nos digan que todo sale bien, que les ha encantado, se vayan felices y, sobre todo, que quieran volver”. Y es que, a veces, la mayor de las revoluciones es saber mantener intactas las cosas que llevan siglos funcionando.






